Brillo sobre el granito: mis primeros días domando la piedra

El primer día que entras a trabajar en una empresa de pulido de suelos en Pontevedra descubres que la piedra no es tan muda ni tan estática como parece. Tiene memoria, tiene vetas que cuentan historias y, sobre todo, tiene una dureza que te pone a prueba desde el primer minuto. Empezar en este oficio aquí, en Pontevedra, no es cualquier cosa; esta es una tierra donde el granito y la piedra tradicional forman parte de nuestra identidad, y devolverles la vida a los suelos de las casas, los portales y las naves de la zona es casi un trabajo de artesanía a gran escala.

Recuerdo perfectamente la mezcla de respeto y nervios de las primeras jornadas. El pulido no es un trabajo apto para impacientes. Te plantan delante de una máquina rotativa de varias decenas de kilos —un monstruo que al principio parece tener vida propia— y te toca aprender a dominarla. Los primeros intentos son un baile torpe: la máquina tira hacia un lado, tus brazos se tensan para corregir el rumbo y, al acabar el día, descubres músculos en la espalda que ni sabías que existían. Sin embargo, hay una satisfacción casi hipnótica en el proceso. Ver cómo pasas de los granos más gruesos de diamante para desgastar la superficie dañada, eliminando los arañazos y las manchas del tiempo, a los granos finos que empiezan a reflejar la luz, es un proceso que te atrapa.

Pontevedra tiene una arquitectura que te obliga a ser camaleónico. Un lunes estás en una vivienda unifamiliar en los alrededores de Marín trabajando un terrazo antiguo que necesita recuperar su esplendor, y el miércoles te encuentras en un bajo del casco histórico pontevedrés, rodeado de muros de piedra centenarios, tratando un suelo de granito gallego con el máximo cuidado para no alterar su esencia. Cada material te exige un agua, un producto y una velocidad diferente; aprender a «leer» lo que el suelo necesita es el verdadero secreto que los compañeros más veteranos te van inculcando entre café y café.

Al final de la semana, cuando recoges las mangueras, los discos y la aspiradora de agua, miras hacia atrás y el esfuerzo físico cobra sentido. El suelo pastoso y apagado del primer día es ahora un espejo limpio que multiplica la claridad de las estancias. Trabajar en esto me ha enseñado a mirar el suelo que pisamos de otra manera. Ya no veo solo piedra o cemento; veo el esfuerzo, el agua, el brillo y el orgullo de saber que, gracias a tus manos, esa superficie va a resistir el paso del tiempo con una dignidad renovada.